El Relato de la Abadesa.
El 4 de abril del año 782, en el palacio oriental de Aquisgrán, tuvo lugar una fiesta magnífica para celebrar el cuadragésimo cumpleaños del gran Carlomagno. El rey había invitado a todos los nobles del imperio. El patio central, con su cúpula de mosaico, escaleras circulares y balcones, estaba repleto de palmeras traídas de tierras lejanas y festoneado con guirnaldas de flores. En los grandes salones, entre lámparas de oro y plata, sonaban arpas y laúdes. Los cortesanos, engalanados de púrpura, carmesí y dorado, se movían en un país de ensueño, habitado por malabaristas, bufones y titiriteros. En los patios había osos salvajes, leones y jirafas y jaulas con palomas. Durante las semanas que precedieron al cumpleaños del rey había reinado un gran júbilo.
El apogeo de la fiesta tuvo lugar el mismo día del cumpleaños. Por la mañana el monarca llegó al patio principal en compañía de sus dieciocho hijos, la reina y sus cortesanos predilectos. Carlomagno era sumamente alto y poseía la delgadez garbosa del jinete y el nadador. Tenía la piel atezada y la caballera y el bigote veteados de rubio a causa del sol. Todo en él indicaba que era el guerrero y gobernante del mayor reino del mundo. Vestido con una sencilla túnica de lana y una ceñida capa de marta, y portando la espada de la que jamás se separaba, atravesó el patio saludando a sus súbditos e invitándolos a compartir los refrescos que profusamente se ofrecían en las tablas chirriantes del salón.
El rey había preparado una sorpresa. Maestro de la estrategia bélica, sentía una especial predilección por cierto juego. Se trataba del ajedrez, conocido también como juego de guerra o juego de los reyes. En este su cuadragésimo cumpleaños Carlomagno pretendía enfrentarse al mejor ajedrecista del reino, el soldado conocido como Garin el Franco.
Garin entró en el patio al son de las trompetas. Los acróbatas saltaron ante él y las jóvenes cubrieron su camino de frondas de palma y pétalos de rosa. Garin era un joven esbelto, de tez pálida , expresión seria y ojos grises, soldado del ejército occidental. Se arrodilló cuando el monarca se puso en pie para darle la bienvenida.
Ocho criados negros vestidos de librea mora entraron a hombros el tablero de ajedrez. Estos hombres, así como el tablero, habían sido regalo de Ibn al-Arabi, gobernador musulmán de Barcelona, para agradecer la ayuda que el monarca le había prestado cuatro años antes contra los montañeses vascos. Fue durante la retirada de esta famosa batalla, en el desfiladero navarro de Roncesvalles, caundo encontró la muerte Hruoland, el soldado bienamado del rey, héroe de la Chanson de Roland. Como consecuencia de este doloroso recuerdo, el monarca nunca había utilizado el tablero de ajedrez, ni se lo había mostrado a sus vasallos.
La corte se maravilló al ver al extraordinario juego de ajedrez mientras lo depositaban sobre una mesa de patio. Las piezas, aunque realizadas por maestros artesanos árabes, mostraban indicios de sus antepasados indios y persas. Algunos creían que dicho juego existía en la India más de cuatrocientos años antes del nacimiento de Cristo y que llegó a Arabia, a través de Persia, durante la conquista árabe de este país en el año 640 de Nuestro Señor.
El tablero, forjado en plata y oro, medía un metro de lado. Las piezas, de metales preciosos afiligranados, estaban tachonadas de rubíes, zafiros, diamantes y esmeraldas sin tallar pero perfectamente lustrados, y algunos tenían el tamaño de huevos de codorniz. Como destellaban y resplandecían a la luz de los faroles del patio, parecían brillar con una luz interior que hipnotizaba a quien los contemplaba.
La pieza llamda sha o rey tenía quince centímetros de altura y representaba a un hombre coronado que montaba a lomos de un elefante. La reina, dama o ferz iba en una silla de manos cerrada y salpicada de piedras preciosas. Los alfiles eran elefantes con sillas de montar incrustadas de gemas singulares, y los caballos, corceles árabes salvajes. Las torres o castillos se llamaban rujj, que en árabe significaba “carro”; eran grandes camellos que llevaban sobre el lomo sillas semejantes a torres. Los peones eran humildes soldados de infantería de siete centímetros de altura, con pequeñas joyas en lugar de ojos y piedras preciosas engastadas en las empuñaduras de la espada.
Carlomagno y Garin se acercaron al tablero. El monarca alzó la mano, y pronunció a continuación las palabras que sorprendieron a los cortesanos que mejor lo conocían.
- Propongo una apuesta – dijo con voz extraña. Carlomagno no era hombre dado a las apuestas. Los cortesanos se miraron con inquietud. – Si el soldado Garin gana una partida, le concederé parte de mi reino que va de Aquisgarán a los Pirineos vascos y la mano de mi hija. Si pierde, será decapitado en este mismo patio al romper el alba.
La corte se estremeció. Era de todos sabido que el monarca amaba tanto a sus hijas que les había rogado que no contrajeran matrimonio mientras estuviese vivo.
El duque de Borgoña, su mejor amigo, lo cogió del brazo y lo llevó aparte.
- ¿Qué clase de apuesta es esta? – preguntó en voz baja – ¡Habéis hecho una apuesta digna de un bárbaro embriagado!
Carlomagno se sentó a la mesa. Parecía hallarse en trance. El duque quedó anonadado. El propio Garin estaba perplejo. Miró al duque a los ojos y, sin mediar palabra, posó la mano sobre el tablero, aceptando la apuesta. Se sortearon las piezas y la suerte quiso que Garin escogiera las blancas, lo que le proporcionó la ventaja de la primera jugada. Comenzó la partida.
Tal vez debido a lo tenso de la situación, al avanzar la partida ambos ajedrecistas comenzaron a mover las piezas con una fuerza y precisión tales que trascendían al mero juego, como si una mano invisible se cerniera sobre el tablero. Por momentos dios la sensación de que las piezas se desplazaban sobre él por voluntad propia. Los jugadores estaban mudos y pálidos y los cortesanos los rodeaban como fantasmas.
Al cabo de casi una hora, el duque de Borgoña notó que el monarca se comportaba de una manera extraña. Tenía el ceño fruncido y estaba absorto y distraído. Garin también daba muestras de un desasosiego poco corriente; sus movimientos eran bruscos y espasmódicos, y tenía la frente perlada de sudor frío. Ambos contrincantes tenían la mirada clavada en el tablero, como si no pudieran apartarla de allí.
Súbitamente Carlomagno se incorporó de un salto lanzando un grito, volcó el tablero los trebejos rodaron por el suelo. Los cortesanos retrocedieron. El monarca, presa de una negra ira, se mesaba los cabellos y se golpeaba el pecho como una bestia furiosa. Garin y el duque de Borgoña corrieron a su lado, pero él los apartó a puñetazos. Hicieron falta seis nobles para sujetarlo. Cuando por fin lo sometieron, Carlomagno miró asombrado alrededor, como si acabara de despertar de un largo sueño.
Mi señor, creo que deberíamos abandonar la partida – propuso Garin en voz baja, y recogiendo un trebejo se lo entregó al monarca -. No recuerdo la disposición de las piezas en el tablero. Majestad, este ajedrez moro me da miedo. Creo que está poseído por una fuerza maligna que os ha obligado a apostar mi vida.
Carlomagno, que descansaba en una silla, se llevó cansinamente la mano a la frente, pero no pronunció palabra.
Garin, sabes que el rey no cree en supersticiones, que las considera pagas y bárbaras – intervino el duque de Borgoña con suma cautela -. Ha prohibido la nigromancia y la adivinación en la corte…
Carlomagno lo interrumpió con voz muy débil, como si sufriera un agotamiento extremo.
- Si hasta mis soldados creen en la brujería, ¿cómo extenderé por toda Europa la fe cristiana?
- Desde el principio de los tiempos se ha practicado esta magia en Arabia y en todo Oriente – afirmó Garin -. No creo en ella ni la comprendo, pero… vos también la habéis sentido. – Se inclinó hacia el emperador y lo miró a los ojos.
- Me he dejado llevar por una furia ardiente – admitió Carlomagno -. No he podido dominarme. He sentido lo mismo que en el albor de una batalla, cuando las tropas se lanzan al combate. No sé cómo explicarlo.
- Todas las cosas del cielo y de la tierra tienen un motivo – dijo una voz detrás de Garin.
El franco se volvió y vio a un moro negro, uno de los ocho que habían acarreado el tablero, a quien el monarca autorizó a proseguir con un gesto.
- En nuestra watar, nuestra tierra, vive un pueblo antiguo conocido como badawi, los “habitantes del desierto”. Consideran un honor las apuestas de sangre. Sostienen que solo ellas acaban con la habb, la gota negra vertida en el corazón humano que el arcángel Gabriel sacó del pecho de Mahoma. Vuestra alteza ha hecho una apuesta de sangre ante el tablero, se ha jugado una vida humana, la forma de justicia más elevada que existe. Mahoma dice: “El reino soporta la kufr, la infidelidad al islam, pero no tolera la zulm, es decir, la injusticia”.
- La apuesta de sangre es simpre maliga – repuso Carlomagno.
Garin y el duque de Borgoña miraron sorprendidos al rey, pues hacía tan solo una hora él mismo había propuesto una apuesta de sangre.
- ¡No! – exclamó el moro -. Mediante la apuesta de sangre se conquista el ghutah, el oasis terrenal que es el paraíso. Cuando se hace una apuesta de sangre ante el tablero de shatranj, es el mismo shatranj el que lleva a cabo la sar.
- Mi señor, shatranj es el nombre que los moros dan al ajedrez – explicó Garin.
- ¿Qué significa “sar”? – preguntó Carlomagno poniéndose lentamente en pie. Superaba en altura a todos los presentes.
- Significa “vengaza” – respondió el moro con tono inexpresivo. Dicho esto, hizo una reverencia y se alejó.
- Volveremos a jugar – anunció el monarca -. Esta vez no habrá apuestas. Jugaremos por placer. Esas ridículas supersticiones inventadas por bárbaros y niños son meras zarandajas.
Los cortesanos colocaron el tablero y la estancia se pobló de murmullos de alivio. Carlomagno se volvió hacia el duque de Borgoña y le cogió del brazo.
- ¿Es cierto que hice una apuesta semejante? – susurró.
El duque lo miró sorprendido.
- Así es, señor. ¿No lo recordaís?
- No – contestó con tristeza el monarca.
Carlomagno y Garin se sentaron a jugar. Tras una batalla extraordinaria Garin alcanzó la victoria. El emperador le concedió la propiedad de Montglane, en los Bajos Pirineos, y el título de Garin de Montglane. Quedó tan complacido por el magistral dominio que del ajedrez tenía su soldado, que se ofreció a construirle una fortaleza para proteger el territorio que acaba de ganar. Muchos años después, Carlomagno le envió como regalo el maravilloso ajedrez con el que habían jugado la famosa partida. Desde entonces se le conoce como “el ajedrez de Montglane”.
El Ocho,
De Katherine Neville.
¡Waaaaaaaaaaa! “El Ocho”, mi libro favorito, sin lugar a dudas. Aún recuerdo el cuatrimestre que me pasé leyendo el libro en el autobús de vuelta a casa todos los días, enganchado, buscando cualquier rato para continuar su lectura. Un libro apasionante, lleno de intriga y misterio, increíble, genial, con giros argumentales y ¿qué hacéis leyendo esto los que no habéis leído “El Ocho”, corred a comprároslo YA…
esta parte me encanta, desprende esa magia exotica propia de esa epoca en la que todo lo extraño desprendia un aire de misticismo brutal…
en fin, que como te dije, lily rulez!!!!
es sencillamente brutal…
Sin duda mi Fragmento favorito de lo que yo considero como la primera parte del libro. Me encanta que Carlomagno no recuerde lo que hace, que se jueguen la vida y lo describa como si fuera un auténtico combate cuando desde lejos, para los que lo ven desde fuera… solo estan moviendo unas cuantas piezas preciosas.
Adoro el misticismo que desprende.
Un saludo gente y gracias por comentar = )
Carlomagno estaba muy bien educado. Conocía la receta del triunfador: se ha enfrentado en dura lid contra sus pares y había resultado vencedor.
Me pregunto hasta cuándo persiste en el ser humano la impregnación cultural que le lleva a una continua batalla en el devenir cotidiano.
En la mayoría de las ocasiones nos enfrentamos a nuestro peor enemigo: nosotros mismos.
Parece como si la vida se resumiera en una hipotética batalla contra el reloj inexorable de la existencia.
Es curioso cómo en la película “El séptimo sello” de Ingmar Bergman, 1956, el protagonista también osa enfrentarse al más temible jugador de la época: La muerte.
Obviamente hay batallas cuyo desenlace es conocido a priori. ¿Pero quién en sus sana capacidad no estaría tan lúcido como para superar la mayor adversidad imaginable?
genial EL OCHO sin duda el mejor libro que e liedo.
¿que piezas somos?
peones???….. ja
pero me gusta mas la historia del mireille que la de vellis…
si alguien encuentra las piezas aganmelo saber
jaja
ste libro s genl!!!!!! komo mola.. sta tia s buenisima scribiendo…
pronto vy a leer el fuego spero q no m decepcione….
ja, ja, ja